18.2.26

La inutilidad en la era del acceso ilimitado

Nunca en la historia fue tan fácil aprender, nunca fue tan barato acceder al conocimiento, nunca fue tan inmediato encontrar respuestas. Y, sin embargo, nunca fue tan común la incompetencia voluntaria.

Vivimos rodeados de tutoriales, cursos gratuitos, bibliotecas digitales, foros especializados y comunidades dispuestas a explicar casi cualquier cosa. Cualquier duda básica puede resolverse en minutos. Pero la reacción dominante al querer saber algo no es investigar, sino exigir que alguien lo explique exactamente como queremos, con el mínimo esfuerzo mental posible. Ya no se busca comprender.

La cultura del tutorial extremo ha creado una generación que observa cómo se hace algo y, aun así, necesita instrucciones hiper detalladas para intentarlo. No basta con analizar el proceso; se exige el número exacto, el ajuste exacto, el paso exacto. Si la explicación no es lo suficientemente personalizada, el intento se abandona. No es falta de acceso, es falta de iniciativa y tal vez incluso de creatividad. La inutilidad contemporánea no proviene de la ignorancia estructural, sino de la renuncia a pensar por cuenta propia.

La desinformación es otra prueba. Personas con internet ilimitado comparten noticias sin leerlas, adoptan posturas radicales basadas en fragmentos de treinta segundos y repiten frases que escucharon en un video sin haber contrastado una sola fuente. El conocimiento está disponible, la verificación está a un clic, pero se elige la comodidad antes que la información. No es que no se pueda saber, es que no se quiere dedicar tiempo a saber.

Incluso el lenguaje se ha convertido en tema de desinterés. Personas que pasan horas escribiendo en redes sociales justifican errores constantes con frases como “así escribo yo” o “no terminé la escuela”. Sin embargo, utilizan dispositivos con correctores automáticos, tienen acceso a diccionarios digitales y a cursos gratuitos de redacción. Las herramientas está ahí, pero corregirse implica esfuerzo y el esfuerzo incomoda.

La contradicción se vuelve aún más evidente en el ámbito profesional. Los profesores, por ejemplo, han tenido que estudiar durante años, actualizarse constantemente, certificarse y formarse en su disciplina para poder ejercer. Se les exige rigor académico, preparación y responsabilidad, sin embargo, en la era digital, se ha normalizado pedir paciencia cuando no dominan herramientas tecnológicas que ahora son básicas. No se trata de exigir perfección inmediata, sino de señalar una incoherencia: si la actualización constante es parte del ejercicio profesional, ¿por qué la tecnología se convierte en excepción? ¿Por qué se acepta como natural que alguien que enseña no aprenda aquello que forma parte del entorno actual de aprendizaje?

Además, mientras a ellos se les concede comprensión, a los estudiantes se nos exige autonomía digital. Se nos pide investigar por cuenta propia, buscar información adicional, revisar materiales antes y después de clase, resolver problemas técnicos sin asistencia, adaptarnos a plataformas nuevas sin quejarnos. A nosotros se nos exige aprender a aprender, pero a ellos se les perdona no actualizarse. Si la adaptación es una virtud académica, debería serlo en ambos sentidos.

Y la defensa suele ser la misma: “no es su área”, “no crecieron con eso”, “hay que entenderlos”. Pero nadie estudia formalmente para nacer sabiendo usar una plataforma; se aprende usándola. Exactamente lo mismo que se nos exige a los estudiantes cuando no entendemos algo: investiga, busca, practica. La diferencia no es la dificultad, es la disposición.

Otro refugio frecuente es el de los estilos de aprendizaje: “No aprendo con videos.”, “No aprendo leyendo.”, “No aprendo escuchando.”

Es cierto que existen diferencias individuales, pero convertir una preferencia en limitación es otra forma de evasión. Nunca antes hubo tantas rutas hacia el mismo conocimiento. Si un video no funciona, hay un artículo; si un artículo no se entiende, hay ejemplos prácticos; si una explicación es confusa, existen otras diez. Lo que resulta cuestionable es exigir que la información se adapte exactamente a nuestra comodidad cognitiva, como exigir el paso a paso minucioso cuando el proceso ya fue mostrado o exigir una explicación personalizada cuando existen múltiples versiones disponibles.

Aprender no siempre es cómodo, no siempre será en nuestro formato favorito. Pero insistir en que solo aprendemos de una manera puede convertirse en una excusa para no esforzarnos más allá de lo mínimo.

Y luego está la excusa de el tiempo: “Es que no tengo tiempo.”, “Trabajo todo el día.”, “Lo poco que me queda lo uso para relajarme.”

El cansancio es real y el ocio es necesario, descansar no es un pecado. El problema surge cuando el ocio se convierte en refugio permanente para evitar cualquier mejora personal, cuando cada oportunidad de aprender algo nuevo se descarta en nombre de la comodidad, cuando la corrección de errores básicos se pospone indefinidamente porque siempre hay una serie que ver o un video que consumir. No es malo descansar, pero tampoco es bueno renunciar al crecimiento.

La era digital nos dio todas las herramientas para ser más autónomos, pero también nos dio distracciones infinitas para no usarlas y muchos han elegido la distracción, y el resultado es que cuanto más disponible está el conocimiento, menos obligados nos sentimos a dominarlo porque siempre habrá alguien que lo explique, siempre habrá un resumen, siempre habrá una versión simplificada, y por consecuencia, la autonomía se pierde, el criterio se le deja a otras personas y la curiosidad se debilita.

La inutilidad moderna no consiste en no tener información, consiste en convivir con ella y no transformarla en comprensión, en consumir sin profundizar, en opinar sin investigar, en exigir explicaciones sin intentar entender. Nunca fue tan difícil justificar la ignorancia, sin embargo, nunca fue tan común.

Y aquí es donde la crítica se vuelve incómoda para mí también. Porque yo también he abandonado intentos cuando no encontré el tutorial perfecto, yo también he usado el cansancio como argumento para no enfrentar la frustración de no saber, yo también he esperado que alguien me simplifique lo que podría haber investigado por mi cuenta. He criticado la falta de actualización ajena mientras postergaba la mía y he señalado la incoherencia institucional mientras justificaba mis propias evasiones. Es fácil escribir señalando hacia afuera, pero es difícil reconocer que la comodidad también me alcanza y eso es precisamente lo incómodo.

Porque la inutilidad moderna no siempre se manifiesta como ignorancia evidente, a veces se disfraza de cansancio legítimo, de preferencia pedagógica, de falta de tiempo, de “mañana lo veo”, de “con esto es suficiente”. Pero cuando la información está ahí, cuando las herramientas están disponibles, cuando la mejora es posible y aun así decidimos no intentarlo, ya no hablamos de limitación, es elección. Y asumir que, en muchos casos, elegimos la comodidad sobre el crecimiento no es agradable. Pero es necesario.

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