Hay algo particularmente frustrante en tener plena conciencia de que estoy desperdiciando mis propias oportunidades y, aun así, no hacer nada para evitarlo. Es como observar un accidente a cámara lenta, sabiendo perfectamente qué va a suceder, teniendo incluso la posibilidad de impedirlo y simplemente quedándome ahí, mirando. No porque quiera que suceda, ni porque no me importen las consecuencias, sino porque por alguna razón que ni siquiera yo comprendo, no consigo hacer nada al respecto.
Hace unas semanas tenía tres tareas atrasadas. Solo tres. No eran
pocas, pero tampoco parecían imposibles de resolver. Ahora llevo cuatro semanas
de retraso, aquellas tres tareas se convirtieron en muchas más y eso sin contar las
que ya no puedo entregar porque las fechas límite terminaron y simplemente ya no aceptan entregas. Estoy a un mes de
que acabe el semestre y mientras los profesores continúan publicando
actividades, mis compañeros siguen avanzando y el calendario parece correr cada
vez más rápido, yo permanezco exactamente en el mismo lugar. Lo peor es que no
puedo decir que no tuve tiempo. Tuve mañanas, tardes, fines de semana y todas
esas pequeñas oportunidades que fui dejando pasar porque siempre parecía
existir un mañana en el que finalmente tendría ganas de hacer las cosas. Pero
ese mañana nunca llega.
La mayoría de mis días transcurren frente a una pantalla. Abro una aplicación, deslizo el dedo, veo cualquier cosa, paso a la siguiente, cierro y vuelvo a abrir. A veces ni siquiera recuerdo qué estaba viendo y otras veces descubro que llevo horas haciendo exactamente lo mismo, sin encontrar nada particularmente interesante. No estoy buscando algo, no estoy aprendiendo nada y tampoco podría decir que me estoy divirtiendo. Simplemente estoy dejando que el tiempo pase. Otras veces leo, escucho música o encuentro cualquier actividad que no requiera demasiada atención, porque al parecer siempre hay algo más sencillo que enfrentar las responsabilidades que llevo semanas evitando.