23.10.26

El tiempo sigue pasando y yo sigo sin hacer nada

 Hay algo particularmente frustrante en tener plena conciencia de que estoy desperdiciando mis propias oportunidades y, aun así, no hacer nada para evitarlo. Es como observar un accidente a cámara lenta, sabiendo perfectamente qué va a suceder, teniendo incluso la posibilidad de impedirlo y simplemente quedándome ahí, mirando. No porque quiera que suceda, ni porque no me importen las consecuencias, sino porque por alguna razón que ni siquiera yo comprendo, no consigo hacer nada al respecto.

Hace unas semanas tenía tres tareas atrasadas. Solo tres. No eran pocas, pero tampoco parecían imposibles de resolver. Ahora llevo cuatro semanas de retraso, aquellas tres tareas se convirtieron en muchas más y eso sin contar las que ya no puedo entregar porque las fechas límite terminaron y simplemente ya no aceptan entregas. Estoy a un mes de que acabe el semestre y mientras los profesores continúan publicando actividades, mis compañeros siguen avanzando y el calendario parece correr cada vez más rápido, yo permanezco exactamente en el mismo lugar. Lo peor es que no puedo decir que no tuve tiempo. Tuve mañanas, tardes, fines de semana y todas esas pequeñas oportunidades que fui dejando pasar porque siempre parecía existir un mañana en el que finalmente tendría ganas de hacer las cosas. Pero ese mañana nunca llega.

La mayoría de mis días transcurren frente a una pantalla. Abro una aplicación, deslizo el dedo, veo cualquier cosa, paso a la siguiente, cierro y vuelvo a abrir. A veces ni siquiera recuerdo qué estaba viendo y otras veces descubro que llevo horas haciendo exactamente lo mismo, sin encontrar nada particularmente interesante. No estoy buscando algo, no estoy aprendiendo nada y tampoco podría decir que me estoy divirtiendo. Simplemente estoy dejando que el tiempo pase. Otras veces leo, escucho música o encuentro cualquier actividad que no requiera demasiada atención, porque al parecer siempre hay algo más sencillo que enfrentar las responsabilidades que llevo semanas evitando.

19.10.26

No quería ganar, pero tampoco quería perder (otra vez)

Cuando escribí sobre mi primera participación en el Hackatec terminé diciendo que, a pesar de haber disfrutado bastante la experiencia, ya no tenía muchas ganas de continuar con la siguiente etapa. Pensé que quizá cambiaría de opinión conforme se acercara la fecha, que volvería a emocionarme con el proyecto o que simplemente terminaría aceptando que ya estábamos inscritos y no tenía demasiado sentido arrepentirme. Pero no ocurrió. De hecho, conforme se acercaba el evento, tenía cada vez menos ganas de ir.

No era porque hubiera dejado de gustarme desarrollar proyectos o porque la primera experiencia hubiera sido desagradable. Simplemente habían pasado muchas cosas desde entonces y tenía otros asuntos de los que preocuparme. Había terminado el semestre de ingeniería, estaba comenzando los trámites para mis residencias profesionales y también tenía pendientes de la otra carrera. La idea de pasar varios días fuera de casa, trabajando prácticamente todo el tiempo y conviviendo con muchas personas, no me parecía especialmente atractiva. Incluso consideré renunciar y dejar que mis compañeros continuaran sin mí, pero al final ocurrió exactamente lo mismo que la primera vez: no encontré una razón suficientemente convincente para no presentarme y terminé yendo de todos modos.

Creo que desde antes de salir ya estaba cansada. No había tenido precisamente unas vacaciones tranquilas y llevaba tiempo sintiendo que tenía demasiadas cosas pendientes, así que tampoco me entusiasmaba la idea de abandonar mis actividades durante varios días para regresar después con todavía más trabajo acumulado. Además, aunque disfruto pasar tiempo con mis amigos, no me gusta estar rodeada de personas constantemente. Necesito momentos en los que pueda estar sola, hacer mis cosas y no tener que prestar atención a nadie. Sabía que durante el evento sería complicado tener ese espacio, pero no imaginaba cuánto iba a necesitarlo.

7.10.26

Cosas que el gato guardó en septiembre

  1.  Un camino que empezó a recorrer sin querer llegar al final.
  2. Demasiados papeles para demostrar que todavía estaba ahí.
  3. Una marca conseguida a regañadientes.
  4. La idea de dejar el camino a la mitad.
  5. Varias formas de desaparecer.
  6. Cuatro cartas que nunca encontraron destinatario.
  7. Palabras escritas para un después que no ocurrió.
  8. El arrepentimiento de haberlas escrito.
  9. Un escondite que dejó de parecer seguro.
  10. Una conversación que dolió más de lo esperado.

6.9.26

Cosas que el gato guardó en agosto

  1.  Un mes que se estiró demasiado.
  2. Unos colores que todavía no conocía.
  3. La punta de algo nuevo.
  4. Una caja que llegó con demasiadas posibilidades.
  5. Pequeñas cosas que encontraron nuevos hogares.
  6. Un regalo que no quiso quedarse.
  7. Una hoja llena de intentos.
  8. Un agujero donde desaparecieron varias horas.
  9. El sonido de lo mismo otra vez.
  10. Un día que se escondió detrás de otro.

21.8.26

Me estoy pudriendo


 Últimamente siento que algo no está bien conmigo, aunque no sé exactamente qué es y tampoco creo que sea algo que pueda arreglar simplemente descubriendo qué estoy sintiendo. Hay días en los que estoy triste y sé que estoy triste, otros en los que me siento sola aunque no esté sola, otros en los que algo me da culpa y no sé ni siquiera si debería sentirme culpable, y también están esos momentos en los que alguien intenta acercarse a mí y lo único que quiero es alejarme, aunque unos minutos antes hubiera estado deseando que alguien lo hiciera. Es extraño porque no siempre quiero dejar de sentir esas cosas, a veces incluso quiero sentirlas, quiero poder entenderlas y saber qué hacer con ellas, pero cuando finalmente están ahí se sienten mucho peor de lo que imaginaba.

15.8.26

El Archivo del Gato sin Nombre

 Hace un tiempo empecé a darme cuenta de que tenía demasiadas cosas guardadas en demasiados lugares. Ideas en hojas sueltas, dibujos que todavía no sabía en qué se iban a convertir, referencias, paletas de colores, materiales que tenía físicamente, personajes, conceptos a medio desarrollar y un montón de pequeñas cosas que en algún momento habían parecido importantes. Algunas estaban en cuadernos, otras en carpetas de la computadora y otras simplemente existían porque recordaba que alguna vez había pensado en ellas. Así nació la idea del Archivo del Gato sin Nombre.

Al principio no era una aplicación. Era solamente la idea de tener un lugar donde pudiera guardar todas esas cosas sin tener que decidir constantemente dónde pertenecían. Quería poder registrar una idea aunque todavía no supiera en qué iba a convertirse, relacionarla después con una ilustración, una paleta o un personaje y, sobre todo, poder volver a encontrarla cuando la necesitara.

Durante un tiempo pensé en hacer algo mucho más sencillo. Una especie de catálogo donde pudiera guardar cosas y marcarlas como terminadas. Pero mientras lo iba construyendo me di cuenta de que eso no era realmente lo que quería. No necesitaba solamente una lista. Quería construir un pequeño archivo que pudiera crecer junto con todo lo que fuera haciendo.

Y así terminó convirtiéndose en una aplicación de escritorio.