19.10.26

No quería ganar, pero tampoco quería perder (otra vez)

Cuando escribí sobre mi primera participación en el Hackatec terminé diciendo que, a pesar de haber disfrutado bastante la experiencia, ya no tenía muchas ganas de continuar con la siguiente etapa. Pensé que quizá cambiaría de opinión conforme se acercara la fecha, que volvería a emocionarme con el proyecto o que simplemente terminaría aceptando que ya estábamos inscritos y no tenía demasiado sentido arrepentirme. Pero no ocurrió. De hecho, conforme se acercaba el evento, tenía cada vez menos ganas de ir.

No era porque hubiera dejado de gustarme desarrollar proyectos o porque la primera experiencia hubiera sido desagradable. Simplemente habían pasado muchas cosas desde entonces y tenía otros asuntos de los que preocuparme. Había terminado el semestre de ingeniería, estaba comenzando los trámites para mis residencias profesionales y también tenía pendientes de la otra carrera. La idea de pasar varios días fuera de casa, trabajando prácticamente todo el tiempo y conviviendo con muchas personas, no me parecía especialmente atractiva. Incluso consideré renunciar y dejar que mis compañeros continuaran sin mí, pero al final ocurrió exactamente lo mismo que la primera vez: no encontré una razón suficientemente convincente para no presentarme y terminé yendo de todos modos.

Creo que desde antes de salir ya estaba cansada. No había tenido precisamente unas vacaciones tranquilas y llevaba tiempo sintiendo que tenía demasiadas cosas pendientes, así que tampoco me entusiasmaba la idea de abandonar mis actividades durante varios días para regresar después con todavía más trabajo acumulado. Además, aunque disfruto pasar tiempo con mis amigos, no me gusta estar rodeada de personas constantemente. Necesito momentos en los que pueda estar sola, hacer mis cosas y no tener que prestar atención a nadie. Sabía que durante el evento sería complicado tener ese espacio, pero no imaginaba cuánto iba a necesitarlo.

El viaje comenzó con una situación que me dio bastante gracia. Antes de salir, un profesor nos reclamó porque no lo habíamos elegido como asesor, porque cuando todavía estaban abiertos los registros para la primera etapa, él mismo nos había invitado a participar con su equipo. De hecho, nos lo propuso con bastante más anticipación que el profesor con el que finalmente nos registramos, pero en ese momento simplemente le dijimos que lo pensaríamos.

Lo que me hizo gracia no fue solamente el reclamo. Tiempo antes, uno de sus alumnos me había propuesto para formar parte de su proyecto, pero el profesor se negó porque, según él, me vestía demasiado emo y mis perforaciones darían una mala imagen al equipo. No sé exactamente qué esperaba que hiciera con esa información, aunque supongo que tampoco imaginaba que yo llegaría a enterarme. Me pareció bastante curioso que alguien que anteriormente había considerado que mi apariencia era un problema ahora estuviera molesto porque no lo habíamos elegido como asesor. De cualquier manera, ya teníamos uno y tampoco había mucho que discutir.

El lunes comenzó con el registro y una plática general sobre el evento. Después de eso tuvimos tiempo para instalarnos y prepararnos para lo que vendría. Cuando llegamos al hotel bajamos a cenar lo que nos habían dado, aunque más tarde decidimos salir a buscar otra cosa y terminamos cenando tacos en un local que se veía bastante bien. Regresamos cerca de la medianoche y, entre que preparábamos nuestras cosas y nos organizábamos para el día siguiente, terminamos durmiendo muy poco. Teníamos que levantarnos a las cuatro de la mañana para salir, así que prácticamente comenzamos la competencia con sueño acumulado.

Lo curioso es que durante la primera etapa una de mis preocupaciones había sido precisamente no poder dormir, pero al final descansamos bastante mejor de lo que esperaba. Esta vez ocurrió lo contrario. Fuimos los únicos que no llevaron casa de campaña, cobijas ni nada que pudiera servirnos para descansar cómodamente durante el evento. Algunos participantes habían llegado preparados para instalarse y dormir ahí mismo, mientras nosotros aparentemente asumimos que de alguna manera resolveríamos ese pequeño detalle. Terminamos durmiendo recargados sobre las mesas y, en mi caso, acostada sobre tres sillas juntas, como niño en fiesta familiar. No era precisamente cómodo, pero después de tantas horas despierta tampoco estaba en condiciones de ponerme exigente.

El lugar tampoco ayudaba demasiado. Había muchas personas, computadoras, conversaciones, movimiento constante y, para completar la experiencia, un olor bastante desagradable porque la escuela estaba cerca de un basurero. No sé si el olor era igual de intenso para todos o si yo simplemente estaba demasiado sensible a cualquier estímulo, pero había momentos en los que sentía que todo me molestaba. El ruido, las voces, la cantidad de personas, el olor y la imposibilidad de encontrar un espacio realmente tranquilo comenzaron a agotarme mucho más de lo que esperaba.

Creo que lo más complicado de la sobreestimulación es que no siempre se nota desde afuera. Puedo seguir hablando, trabajando e incluso riéndome mientras por dentro siento que ya no quiero escuchar otra voz ni ver otra pantalla. Y como estábamos en medio de una competencia, tampoco era tan sencillo apartarme y descansar. Había cosas que terminar, problemas que resolver y personas que necesitaban que siguiera prestando atención. Hubo momentos en los que de verdad quería regresar a mi casa, encerrarme en mi habitación y no volver a escuchar una voz durante varios días.

Al principio tampoco ayudó demasiado el café. Habían colocado una cafetera para los participantes, pero aparentemente no estaba funcionando bien, así que durante la mañana terminé tomando algo que estaba frío y casi no tenía sabor. No era precisamente lo que esperaba encontrar cuando necesitaba mantenerme despierta. Afortunadamente después consiguieron que funcionara, porque durante la noche del martes terminé sobreviviendo prácticamente a base de café. Cada vez que terminaba un vaso iba por otro y después por otro, hasta que dejé de llevar la cuenta de cuántos había tomado. Durante la madrugada seguí haciendo lo mismo y el miércoles por la mañana todavía recurrí a la cafetera, aunque con un poco menos de entusiasmo. No sé cuánto café tomé durante esos días y probablemente prefiero no averiguarlo.

Para esta segunda etapa nos indicaron que los proyectos debían estar relacionados con telecomunicaciones y telemetría, dos áreas que no son precisamente nuestro fuerte. Cuando nos dieron los temas nos quedamos sin saber muy bien qué hacer, porque ninguno tenía demasiada experiencia trabajando con eso a pesar de tener una noción algo sólida. Después de pensar en distintas posibilidades, cada uno compartió algunas ideas y terminamos eligiendo desarrollar un sistema relacionado con la seguridad de los motociclistas.

La idea era crear un sistema capaz de recopilar información del movimiento y la ubicación de una motocicleta, detectar situaciones potencialmente peligrosas y generar alertas que pudieran consultarse desde una aplicación y una página web. Originalmente queríamos utilizar sensores físicos, pero como no contábamos con todos los componentes necesarios, terminamos aprovechando los sensores de un teléfono para realizar las pruebas. De esa manera podíamos obtener información real sin tener que fabricar el dispositivo completo.

En ese momento pensé que, después de haber discutido las ideas y elegido el proyecto entre todos, ya teníamos una comprensión general de lo que queríamos hacer. Evidentemente, eso no significaba que todos supiéramos desarrollar cada parte o que no fueran a surgir dudas, pero al menos esperaba que estuviéramos trabajando sobre una misma idea. Sin embargo, conforme avanzábamos comenzaron a aparecer preguntas sobre cosas que ya habíamos explicado varias veces, incluso sobre decisiones que habíamos tomado juntos.

No tengo ningún problema con explicar algo que conozco o ayudar a alguien que no entiende una parte del proyecto. De hecho, creo que una de las cosas que más me gustan de trabajar en equipo es poder compartir conocimientos y aprender de los demás. Lo que me desespera es tener que explicar constantemente lo mismo, especialmente cuando siento que las respuestas ya se habían dado y que algunas dudas podrían resolverse prestando un poco más de atención. Había momentos en los que me preguntaban cosas tan básicas sobre nuestro propio proyecto que comenzaba a preguntarme si realmente estábamos trabajando todos en lo mismo.

Eso se volvió especialmente frustrante con la memoria técnica. Se suponía que una de las chicas del equipo se encargaría de elaborarla, pero constantemente me preguntaba si lo que estaba escribiendo estaba bien. Y cuando digo constantemente no me refiero a que me enseñara una sección terminada para revisarla, sino a que prácticamente cada párrafo, y a veces casi cada línea, necesitaba una confirmación antes de continuar.

No me molesta revisar un documento terminado, hacer observaciones o ayudar a corregir algo que no se entiende. Pero cuando tengo que detener lo que estoy haciendo cada pocos minutos para revisar una oración, explicar nuevamente lo que ya habíamos acordado y después descubrir que algunas de mis correcciones ni siquiera se tomaron en cuenta, termina siendo más sencillo hacer el trabajo yo misma. Y eso fue precisamente lo que ocurrió. Terminé encargándome de gran parte de la memoria técnica, además de las otras cosas que ya estaba haciendo.

Creo que esa fue una de las partes que más me agotaron, porque por momentos sentía que mi equipo no estaba siendo tan útil como esperaba. No porque los demás no supieran hacer nada, sino porque había tareas que podían avanzar sin depender tanto de mí y, aun así, terminaba involucrada en prácticamente cada decisión. Me gusta trabajar con mi equipo, pero también necesito poder confiar en que cada quien puede encargarse de sus responsabilidades sin que tenga que estar revisando constantemente lo que hace. Y con el sueño acumulado, el ruido y las ganas de regresar a casa, mi paciencia tampoco estaba en su mejor momento.

Una de las partes más curiosas del desarrollo fue comprobar que los sensores estuvieran registrando correctamente los movimientos. Para probar la velocidad tuve que correr por uno de los pasillos mientras alguien revisaba los datos. No me gusta correr. De hecho, odio correr, así que me parece bastante absurdo haber terminado haciéndolo voluntariamente durante una competencia de programación. Pero necesitábamos comprobar que los valores cambiaran cuando el teléfono se desplazaba y, aparentemente, la solución más práctica era hacerme correr de un lado a otro.

Durante la presentación también tuvimos que hacer algunas demostraciones bastante particulares. Como no teníamos una motocicleta disponible, utilizábamos el teléfono para simular movimientos bruscos que el sistema debía identificar como posibles situaciones de riesgo. Evidentemente, mover un teléfono con las manos no reproduce exactamente lo que ocurre cuando una motocicleta realiza una maniobra peligrosa, pero era la manera que teníamos de mostrar el funcionamiento del sistema.

Una de las jueces señaló precisamente eso. Comentó que los movimientos que estábamos realizando podían ser completamente normales para una motocicleta y cuestionó cómo funcionaría el sistema en condiciones reales. Le explicamos que se trataba de una simulación y que no contábamos con una motocicleta para hacer las pruebas, pero después nos quedamos bromeando sobre lo que aparentemente habría sido necesario para convencerla. Entre las propuestas estuvo aventar a uno de mis amigos por las escaleras para conseguir un movimiento verdaderamente brusco. Evidentemente no lo hicimos (aunque sí me dieron ganas de hacerlo), y durante un rato seguimos haciendo comentarios sobre qué tan exagerada tendría que haber sido la demostración para que se considerara válida.

Tampoco ayudó demasiado que surgieran algunos problemas con uno de mis amigos. Durante el evento comenzó a distraerse con otras personas y a dejar de prestar atención a lo que estábamos haciendo. Cuando los demás continuamos trabajando, terminó reclamándonos que lo estábamos excluyendo, aunque él mismo había decidido alejarse. No era la primera vez que ocurría algo parecido y, para ese momento, yo ya estaba bastante cansada de la situación.

Creo que una de las cosas que más me molestó fue sentir que, además de preocuparme por el proyecto, también tenía que preocuparme por cómo se sentía alguien que no estaba prestando atención. Me frustraba que el trabajo siguiera avanzando mientras él estaba ocupado con otras cosas y que después nos reclamara por no haberlo incluido lo suficiente. No quería discutir ni convertirlo en un problema más grande, pero tampoco tenía muchas ganas de fingir que no me molestaba. Después de eso prácticamente me dejó sola durante el resto del viaje, y aunque no puedo decir que me sorprendiera demasiado, sí me molestó. Sobre todo porque ya estaba cansada, sobreestimulada, con muchas ganas de regresar a mi casa y él era en quién más confiaba para no quedarme sola.

La convivencia en el hotel tampoco fue precisamente sencilla. Mis dos amigos comenzaron a ligar con las dos chicas del equipo, así que terminé convirtiéndome en el mal tercio sin importar con quién estuviera. En algún momento incluso parecía que iban a correrme de mi propia habitación para poder estar tranquilos. Me dio algo de gracia por lo absurda que era la situación, pero también me resultó bastante incómoda porque, después de pasar todo el día rodeada de personas, lo único que quería era tener un lugar donde descansar sin sentir que estaba estorbando.

Por suerte, también ocurrieron cosas bastante curiosas que hicieron más llevaderos esos días. El lunes, alguien se acercó para decirme que le gustaban mis perforaciones y estuvimos conversando un rato, incluso me mostró un llavero de caballo que movía la colita (me enamoré de ese llavero). No volvimos a hablar durante el resto del evento, pero de vez en cuando nos encontrábamos con la mirada. Algo parecido ocurrió con un integrante de otro equipo que nos deseó suerte. No fueron interacciones especialmente importantes y tampoco pasó nada después, pero me resulta curioso recordar a personas con las que apenas intercambié unas palabras.

Otra cosa que se convirtió en una especie de chiste durante todo el evento fue que había una chica en uno de los equipos que se parecía bastante a mí. Mis compañeros comenzaron a llamarla "La Nao chikita sin perfos" y cada vez que la veíamos volvían a hacer algún comentario. Lo más gracioso ocurrió al terminar la competencia, cuando alguien del otro equipo de nuestra escuela dijo "nos ganó la niña niño", sin saber que durante los días anteriores habíamos estado haciendo bromas sobre nuestro parecido. Evidentemente, eso solo provocó que se burlaran todavía más de mí. No sé qué tan parecidas éramos en realidad, pero me sigue dando gracia pensar que había una versión pequeña de mí participando en el mismo evento.

La comida también fue una experiencia bastante particular. Durante prácticamente todo el viaje nos dieron las mismas tortas que habían preparado desde antes de salir. No sé exactamente cuánto tiempo llevaban guardadas, pero algunas estaban calientes, la fruta que las acompañaba ya estaba demasiado madura y los yogures tenían los envases inflados. No puedo asegurar que todo estuviera echado a perder, pero tampoco tenía muchas ganas de averiguarlo. Así que terminé comiendo bastante poco, principalmente porque el aspecto de algunas cosas me daba asco.

El martes por la noche decidimos pedir pizzas y, por un momento, pensé que finalmente comeríamos algo diferente. Pero el repartidor se quedó con el pedido y terminamos sin pizzas y sin dinero. Todavía me parece ridículo. Habíamos pasado horas trabajando, estábamos cansados, teníamos hambre y cuando finalmente conseguimos pedir algo que sí queríamos comer, alguien decidió que sería mejor quedárselo. Supongo que en algún lugar hubo una persona cenando bastante bien mientras nosotros intentábamos obtener un reembolso.

En cuanto a la competencia, esta vez ocurrió algo bastante diferente a la primera etapa. Antes había tenido la sensación de que participábamos casi por accidente, mientras los demás equipos parecían mucho más preparados. Ahora ya conocíamos un poco mejor la dinámica y teníamos una idea más clara de lo que queríamos desarrollar. A pesar de todas las dificultades, conseguimos implementar varias funcionalidades y terminar un proyecto que, considerando el tiempo disponible, nos parecía bastante completo.

Cuando llegó el momento de presentar, recibimos algunas observaciones sobre el enfoque de nuestra propuesta, pero también nos dijeron que el desarrollo estaba bien. Por lo que escuchamos de las evaluaciones, nos quedamos con la impresión de que habíamos tenido un buen desempeño. Incluso llegamos a convencernos de que ganaríamos, algo que me resulta especialmente gracioso considerando que yo había pasado semanas pensando que no quería avanzar a otra etapa.

Y otra vez apareció el mismo problema: no quería ganar, pero tampoco quería perder.

Durante la primera etapa había terminado en segundo lugar, lo que me pareció una solución bastante razonable hasta que descubrí que también significaba continuar. Esta vez estaba segura de que quería regresar a casa y dejar de preocuparme por el Hackatec, pero al mismo tiempo quería que nuestro trabajo fuera reconocido. No sé si realmente deseaba pasar a la siguiente etapa o si simplemente quería tener la satisfacción de haber ganado. Probablemente ni siquiera yo tenía demasiado clara la diferencia.

Al final ganó el equipo en el que estaba mi supuesta versión pequeña. Lo que nos desconcertó fue que, según lo que habíamos escuchado durante las evaluaciones, su proyecto se limitaba principalmente a mostrar los datos de los sensores, mientras que el nuestro incluía otras funcionalidades. A nosotros nos habían señalado problemas con el enfoque, aunque el desarrollo funcionaba correctamente. Evidentemente, no conocíamos todos los criterios que se habían considerado para elegir al ganador, pero en ese momento nos resultó bastante difícil entender el resultado.

Recuerdo que durante las premiaciones estábamos muy seguros de que escucharíamos el nombre de nuestro equipo. Conforme fueron anunciando los resultados, esa seguridad comenzó a desaparecer y, cuando finalmente comprendimos que no habíamos ganado, me sentí mucho más decepcionada de lo que esperaba. Lo extraño es que no tendría por qué haberme sorprendido demasiado. Había ido sin ganas de participar, había pensado en renunciar y durante buena parte del evento había deseado regresar a mi casa. Se suponía que perder significaba que ya no tendría que preocuparme por la siguiente etapa. Pero no sentí alivio.

Me molestó perder y me molestó todavía más haberme ilusionado con ganar. También me frustraba pensar en todo lo que habíamos hecho, en las horas que pasamos trabajando y en lo convencidos que estábamos de que teníamos posibilidades. No creo que eso signifique que los demás no merecieran ganar, por algo ganaron. Simplemente fue decepcionante. No encuentro una manera mucho más elaborada de explicarlo. Me habría gustado entender mejor qué nos había faltado o qué habríamos podido hacer de otra manera, pero tampoco creo que conocer la respuesta hubiera cambiado demasiado cómo me sentí en ese momento.

Aunque después descubrimos que quizá no había desaparecido por completo la posibilidad de continuar. Nos explicaron que, además de los equipos seleccionados directamente, todavía existía la posibilidad de avanzar por el ranking nacional. Es decir, aunque no hubiéramos ganado nuestra etapa, podríamos recibir una invitación para continuar dependiendo de los resultados generales. No sabemos si ocurrirá, pero fue suficiente para que uno de mis amigos dijera que "la vida nos está diciendo que sí o sí debemos ir a la siguiente etapa". Me dio bastante gracia porque, aparentemente, ni siquiera perder garantiza que esta historia termine.

Esa noche, cuando finalmente terminó todo, algunos nos reunimos en una habitación del hotel para beber y conversar. No estaba el amigo con el que habíamos tenido problemas y, por primera vez en varios días, sentí que podía relajarme sin estar pendiente de nada. Ya no había que corregir errores, preparar presentaciones ni preocuparse por los resultados. Simplemente estábamos ahí, hablando de cualquier cosa y descansando después de todo lo que había pasado.

Lo más gracioso fue que estábamos tan cansados que, entre conversación y conversación, comenzábamos a quedarnos dormidos. Alguien estaba contando algo, otro respondía y de pronto aparecía un silencio porque alguno se había quedado dormitando. Después nos dábamos cuenta y comenzábamos a reírnos, hasta que volvíamos a conversar y sucedía exactamente lo mismo. Fue una situación bastante absurda, pero también uno de mis momentos favoritos del viaje. Después de tantos días de ruido, estrés y cosas por terminar, me gustó poder estar con otras personas sin sentir que teníamos que hacer algo más.

Finalmente pude dormir. No sé cuántas horas exactamente, pero recuerdo que fue un alivio enorme acostarme sabiendo que ya no tenía que levantarme para seguir trabajando. Me parece un poco absurdo que algo tan sencillo como dormir terminara sintiéndose como una recompensa.

Cuando regresé a casa todavía tenía demasiadas cosas pendientes. Durante la semana del evento no pude adelantar mis tareas y varias de las entregas que tenía programadas simplemente se quedaron sin hacer. Así que, además de regresar cansada, también regresé con más trabajo acumulado y la frustración de haber perdido varios días que necesitaba para otras cosas.

No sé si disfruté esta segunda etapa tanto como la primera. Hubo momentos que sí me gustaron, especialmente cuando conseguíamos resolver problemas o cuando podía convivir tranquilamente con algunas personas. También me gustó ver lo que éramos capaces de construir en tan poco tiempo. Pero hubo demasiadas cosas que hicieron que la experiencia fuera agotadora y, aunque ahora puedo reírme de algunas, durante esos días realmente quería estar en cualquier otro lugar.

En la primera entrada terminé hablando de cómo el Hackatec me había recordado por qué me gustaba mi carrera. Creo que eso sigue siendo cierto. Me gusta desarrollar proyectos, aprender cosas nuevas y encontrar soluciones a problemas que al principio parecen complicados. Lo que no me gusta tanto es todo lo que puede ocurrir alrededor, especialmente cuando implica convivir durante días sin descanso, lidiar con conflictos que podrían evitarse y sentir que no tengo un momento para mí.

Ahora que finalmente terminó, se supone que puedo dejar de preocuparme por el Hackatec. No ganamos y, aunque todavía existe una pequeña posibilidad de que nos inviten a continuar, no tenemos ninguna certeza de que vaya a ocurrir. En teoría, eso debería tranquilizarme porque era precisamente lo que quería desde antes de salir.

Pero después de haber participado dos veces en algo a lo que no quería ir, de haber conseguido avanzar cuando esperaba que no ocurriera y de haber terminado decepcionada por no ganar algo que tampoco quería ganar, ya no estoy tan segura de que las cosas funcionen de una manera particularmente lógica.

Supongo que ahora solo queda esperar a ver si esta vez la historia realmente terminó.

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