17.6.26

El problema de que las cosas salgan bien

Día incierto, hora indeterminada

Durante mucho tiempo pensé que encontrar algo sería suficiente, no sabía exactamente qué, un nombre, una respuesta, una pista o cualquier cosa que pareciera importante. Me parecía que el verdadero problema era no encontrar nada. Por eso salía a caminar, revisaba cajas olvidadas en algún rincón, abría puertas extrañas y llenaba páginas de esta bitácora con preguntas que no sabía responder. Estaba convencido de que, tarde o temprano, encontraría algo que lo explicara todo, una señal lo bastante clara para entender quién era, hacia dónde iba o qué debía hacer después. Mientras esa señal no apareciera, podía seguir buscando, mientras no hubiera respuestas, podía seguir haciendo preguntas y mientras no encontrara nada, todavía no era necesario decidir nada.

Hace poco me di cuenta de algo incómodo. Sí he encontrado cosas, tal vez no tantas como imaginaba cuando empecé, pero sí más de las que tenía entonces. Encontré una casa donde quedarme, un taller lleno de objetos olvidados, herramientas que poco a poco he aprendido a usar, caminos que antes no estaban y habilidades que no sabía que poseía. Incluso he encontrado algunos compañeros de viaje, aunque algunos solo aparecieron por un momento antes de desaparecer nuevamente entre los árboles. Si analizo con honestidad, es evidente que ya no estoy en el mismo lugar donde empecé.

Y aún así sigo sintiendo que me falta algo.

Durante mucho tiempo pensé que encontrar cosas resolvería el problema. Ahora empiezo a sospechar que no era tan simple, porque resulta que encontrar algo no siempre responde una pregunta, a veces solo la transforma en otra. Mientras no tenía herramientas podía culpar a las herramientas y mientras no sabía nada podía culpar a la ignorancia. Era cómodo pensar que todavía no podía avanzar porque me faltaba algo importante, pero poco a poco esas excusas han ido desapareciendo y eso me obliga a enfrentar una posibilidad bastante molesta: tal vez el problema nunca fue no encontrar nada y el problema es decidir qué hacer con todo lo que ya encontré.

Hoy observé la bitácora con detenimiento, hay más anotaciones que antes, más caminos marcados, más lugares visitados y más esquinas señaladas con pequeñas notas. Cuando empecé, habría estado feliz de verlo así, habría pensado que un cuaderno lleno era la prueba de que estaba avanzando. Ahora me produce una sensación extraña, porque cada nuevo registro demuestra que mi mundo es más grande de lo que creía, pero también demuestra que sigo avanzando aunque a veces finja que no. Cada anotación es una prueba de que algo ha cambiado y cada descubrimiento vuelve un poco más difícil seguir diciendo que sigo exactamente donde estaba.

Creo que durante mucho tiempo pensé que el fracaso consistía en quedarse quieto. No encontrar nada, no descubrir nada, no avanzar. Ahora sospecho que existe otra clase de dificultad: la de avanzar lo suficiente para que ya no puedas fingir que estás perdido, la de descubrir algo que contradice la historia que te contabas a ti mismo, la de darte cuenta de que el camino existe y que, tarde o temprano, tendrás que decidir si realmente quieres recorrerlo.

Ese es el problema de que las cosas salgan bien, que eliminan algunas de las razones que tenías para conservarlas, porque mientras todo parece imposible, siempre existe una explicación para no continuar. Pero cuando las puertas comienzan a abrirse, cuando aparecen los caminos y cuando las respuestas empiezan a acumularse sobre la mesa, las preguntas cambian. Ya no se trata de si puedes seguir avanzando, se trata de si quieres hacerlo.

Y, sinceramente, creo que todavía no conozco la respuesta.

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